sábado, 8 de noviembre de 2008

Una mirada especial, una persona especial


Tengo esta pulsera desde hace más de 4 años. Nunca me la saco. Por eso, aunque muchas personas piensan que es linda, ya me han dicho varias veces que debería sacármela y lavarla. Ese comentario no me acompleja, ni me hace dudar sobre mi decisión de permitirle quedarse hasta que ella quiera.
La sugerencia sobre la higiene de mi pulsera no se hizo esperar tampoco en China. “Es muy linda, pero deberías lavarla”, fueron las palabras de mi amiga Lu.

Ayer, después de pasar toda la tarde con Cui Jiao Feng, mientras terminábamos de cenar, me dijo:
“Cual es la historia de esa pulsera?” Entonces le conté de México, de mi año allá, de todo lo que aprendí, de que a veces me gustaría volver.
“Así que ya ves, hace 4 años que la tengo, por eso se ve tan sucia.”
“No se ve sucia, se ve con historia.”
Y esa mirada me hizo pensar otra vez en lo especial que es Cui, en que sus silencios están habitados de reflexiones. No busca llenarlos con palabras vacías y ruidosas que intentan deshacerse de la incomodidad que provocan. Como yo, no le teme a los silencios. Por eso pasamos buenos momentos de charlas y de reflexiones compartidas.
Pero también, como a mí, le gusta mucho reírse. Por eso pasamos buenos momentos, por ejemplo, haciendo competencias absurdas y que no le importan a nadie: en este caso, quien puede juntar más maníes con los palitos chinos.
Lo crean o no, yo fui la indiscutible ganadora de la noche, porque además de juntar 3 maníes, pude manejar los kuaizi (palitos) con las dos manos!


No hacen falta las palabras

Muchas veces le conté a Nie Ling Zhi de algunas cosas que extraño. Más que nada, los abrazos al llegar, los besos porque sí , y todo junto cada vez que te vas. Más que nada me falta la forma de demostrar cariño y amor a la que me acostumbró el lugar donde nací. Los besos, los abrazos, las caricias, son en mi casa, la forma por medio de la cual decimos sin palabras.
Ella no me dice nada y piensa.

Y tal vez por eso hace dos días, en el medio de una tediosa clase de español, de repente se paró y me dijo: “Stella, ayer estaba pensando que tengo muchas ganas de darte un abrazo y un beso”.

Será por eso que ese día cuando se fue, me abrazó largamente y me regaló un beso muy cálido.
Desde entonces, cada vez que nos despedimos, recibo ese contacto que ella sabe necesario para mí.

Y yo entiendo este regalo como otra forma de bienvenida, otra forma de decirme: “Quiero que te sientas como en tu casa, quiero que no te falte nada.”

jueves, 6 de noviembre de 2008

Otras algunas personas



Se llama Laura. Tiene 17 años . Es alemana. Además de su lengua natal, habla español, inglés, y chino. Vive en Tongling con una familia china que contactó por medio de la organización por la cual se vino a China.
No sabe lo que es la timidez. Habla de todo con una apertura que alarmaría a más de una persona que conozco. Es divertida e inteligente. Sabe lo que quiere. Tiene una capacidad de adaptación difícil de superar.
Ayer, mientras compartíamos el café que nos tomamos en un bar de Anqing (viaje que ella propuso y organizó) hablamos de literatura alemana y rusa. Conoce toda la obra de Vladimir Nabokov. Lolita no es, como para la mayoría de las personas que leyo a este autor, su obra preferida.
Tiene una pequeña libretita en la que toma nota de todo lo que le interesa. Su curiosidad y su falta de miedo a las preguntas, son sus mejores amigas.

“Que tipo de literatura te gusta?”
“Rara. Kafka por ejemplo.”
“Entonces capaz que te guste “The lottery”, le dije, “Uno de los cuentos de ese libro me hizo pensar mucho en Kafka. Y ya que te gusta él, tal vez…” Entonces ahí nomás sacó su libretita y anotó el nombre del libro y el de la autora.
Me enseñó un truquito para buscar los caracteres en el diccionario. Y gracias a eso, hace dos días que puedo encontrar casi todo lo que busco. “Tenés que practicar mucho,” me dijo. Y tiene razón. Encontrar los caracteres no es tarea fácil, pero de a poco estoy aprendiendo.

En Anqing caminamos mucho y visitamos un templo budista. Estuvimos ahí toda la mañana. Caminamos por la rivera y fuimos a comer a un restaurante chiquito en una calle perdida.

Disfrutar de su compañía, escucharla y contestar sus preguntas, fue otro de los grandes regalos que me hice a mi misma durante estos dias.